Nota previa sobre las lecturas de los domingos 4º a 7º de Pascua
La
lecturas de estos cuatro domingos pretenden prepararnos a las dos grandes
fiestas de la Ascensión y Pentecostés tratando tres temas.
1. La iglesia (1ª
lectura, de los Hechos de los Apóstoles). Se describe el aumento de
la comunidad (4º domingo), la institución de los diáconos (5º), el don del
Espíritu en Samaria (6º), y cómo la comunidad se prepara para Pentecostés (7º).
Adviértase la enorme importancia del Espíritu en estas lecturas.
2. Vivir cristianamente en un mundo hostil (2ª lectura,
de la Primera carta de Pedro). Los primeros cristianos sufrieron persecuciones
de todo tipo, como las que padecen algunas comunidades actuales. La primera
carta de Pedro nos recuerda el ejemplo de Jesús, que debemos imitar (4º domingo);
la propia dignidad, a pesar de lo que digan de nosotros (5º); la actitud que
debemos adoptar ante las calumnias (6º), y los ultrajes (7º).
3. Jesús (evangelio: Juan). Los pasajes elegidos constituyen una gran catequesis sobre la persona de Jesús: es la puerta por la que todos debemos entrar (4º); camino, verdad y vida (5º); el que vive junto al Padre y con nosotros (6º); el que ora e intercede por nosotros (7º).
Jesús, Señor y Mesías (Hechos 2,14a.36-41)
Esta
lectura tiene interés especial desde un punto de vista histórico y catequético.
Según Lucas, el grupo de seguidores de Jesús (120 personas) experimentó un
notable aumento el día de Pentecostés. Después de cincuenta días de miedo,
silencio y oración, el Espíritu Santo impulsa a Pedro a dirigirse a la gente
presentando a ese Jesús al que habían crucificado, constituido Señor y Mesías
por Dios. El pueblo, conmovido, pregunta qué debe hacer, y Pedro los anima a
convertirse y bautizarse en nombre de Jesucristo.
Pero
Lucas añade otro argumento muy distinto, que fue usado por los primeros
misioneros cristianos: el miedo al castigo inminente de Dios. De acuerdo con la
mentalidad apocalíptica, este mundo malo presente desaparecerá
pronto para dar paso al mundo bueno futuro. Eso ocurrirá cuando
se manifieste la gran cólera de Dios en un juicio que provocará salvación o
condenación. Por eso Pedro
anima: «Escapad de esta generación perversa». ¿Cómo ponerse a salvo? Los
autores apocalípticos hacen que todo dependa de la conducta observada con Dios
y con los hombres. Para los misioneros cristianos, la salvación dependerá de
creer en Jesús. Pedro ya ha hablado del bautismo en nombre de Jesús.
Tenemos, pues, dos argumentos aparentemente muy distintos: el primero se basa exclusivamente en lo que Dios ha hecho por Jesús. El segundo parece menos cristiano, con su recurso al miedo. Pero no olvidemos que, en este contexto, Pablo escribe a los de Tesalónica: «Jesús nos libra de la condenación futura». Con miedo o sin él, Jesús es siempre el centro de la catequesis cristiana.
El día
de Pentecostés, Pedro, de pie con los Once, pidió atención y les dirigió la palabra:
-«Todo
Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios
lo ha constituido Señor y Mesías.»
Estas
palabras les traspasaron el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás
apóstoles:
-«¿Qué
tenemos que hacer, hermanos?»
Pedro
les contestó:
-«Convertíos
y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados,
y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y
para vuestros hijos y, además, para todos los que llame el Señor, Dios nuestro,
aunque estén lejos.»
Con
estas y otras muchas razones les urgía, y los exhortaba diciendo:
-«Escapad
de esta generación perversa.»
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día se les agregaron unos tres mil.
Jesús modelo (1 Pedro 2,20b-25)
En la segunda mitad del siglo I, los cristianos eran a menudo insultados, difamados, perseguidos, se confiscaban a veces sus bienes, se los animaba a apostatar… En este contexto, la 1ª carta de Pedro los anima recordándoles que ese mismo fue el destino de Jesús, que aceptó sin devolver insultos ni amenazas: «Cristo padeció su pasión por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas».
Queridos hermanos: Si, obrando el bien, soportáis el sufrimiento, hacéis una cosa hermosa ante Dios. Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo padeció su pasión por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca; cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas; al contrario, se ponía en manos del que juzga justamente. Cargado con nuestros pecados subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas os han curado. Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas.
Al final de esta lectura encontramos la imagen de Jesús como buen pastor («Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas»). Pero este no es el tema principal del evangelio, que introduce un cambio sorprendente.
Jesús, puerta del aprisco (Juan 10,1-10)
En aquel tiempo, dijo Jesús:
-«Os aseguro que el que no entra por
la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es
ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A
éste le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el
nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina
delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño
no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los
extraños.»
Jesús les puso esta comparación, pero
ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
-«Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.»
El
autor del cuarto evangelio disfruta tendiendo trampas al lector. Al principio,
todo parece muy sencillo. Un redil, con su cerca y su guarda. Se aproxima uno
que no entra por la puerta ni habla con el guarda, sino que salta la valla: es
un ladrón. En cambio, el pastor llega al rebaño, habla con el guarda, le abre
la puerta, llama a las ovejas, ellas lo siguen y las saca a pastar. Lo
entienden hasta los niños.
Sin embargo,
inmediatamente después añade el evangelista: “ellos no entendieron de qué les
hablaba”. Muchos lectores actuales pensarán: “Son tontos. Está clarísimo, habla
de Jesús como buen pastor”. Y se equivocan. Eso es verdad a partir del
versículo 11, donde Jesús dice expresamente: “Yo soy el buen pastor”. Pero en el
texto que se lee hoy, el inmediatamente anterior (Juan 10,1-10), Jesús se
aplica una imagen muy distinta: no se presenta como el buen pastor sino como la
puerta por la que deben entrar todos los pastores (“yo soy la puerta del
redil”).
Con ese
radicalismo típico del cuarto evangelio, se afirma que todos los personajes
anteriores a Jesús, al no entrar por él, que es la puerta, no eran en realidad
pastores, sino ladrones y bandidos, que sólo pretenden “robar y matar y hacer
estrago”.
Resuenan en
estas duras palabras lo que denunciaba el profeta Ezequiel en los pastores (los
reyes) de Israel: en vez de apacentar a las ovejas (al pueblo) se apacienta a
sí mismos, se comen su enjundia, se visten con su lana, no curan las enfermas,
no vendan las heridas, no recogen las descarriadas ni buscan las perdidas; por
culpa de esos malos pastores que no cumplían con su deber, Israel terminó en el
destierro (Ez 34).
Pero, ¿quiénes
son esos ladrones de los que habla Jesús? Se han propuesto diversas teorías: 1)
Todos los que han venido antes que él. Pero esto implicaría considerar ladrones
a Abrahán, Moisés, Isaías, Jeremías, etc., de los que el cuarto evangelio habla
muy positivamente en otras ocasiones. 2) Los falsos apóstoles, que niegan que
Jesús es el Mesías, denunciados duramente en la primera carta de Juan. Pero
estos no han venido antes que Jesús sino después de él. 3) Los
fariseos, muy criticados en el contexto y en el resto del evangelio. Algunos la
consideran la opinión más válida, aunque deberíamos reconocer que Jesús se
expresa de manera bastante ambigua.
En cualquier
hipótesis, todo contacto que no se establezca a través de Jesús está condenado
al fracaso (“las ovejas no les hicieron caso”).
Frente a los ladrones y salteadores, la consecuencia lógica sería presentar a Jesús como buen pastor que da la vida por sus ovejas. Pero eso vendrá más adelante, no se lee hoy. En lo que sigue, Jesús se presenta como la puerta por la que el rebaño puede salir para tener buenos pastos y vida abundante. Esta parte del discurso no se dirige a los pastores sino al rebaño, recordándole que “quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos”. Ya que es frecuente echar la culpa a los pastores de los males de la iglesia, al rebaño le conviene recordar que siempre dispone de una puerta por la que salvarse y tener vida abundante.
Reflexión final
Los
lecturas nos ofrecen cuatro título de Jesús: que es Señor y Mesías lo dice
Pedro en el libro de los Hechos (1ª lectura); modelo a la hora de soportar el
sufrimiento, la 1ª carta de Pedro (2ª lectura); puerta del aprisco se lo aplica
a sí mismo Jesús en el evangelio de Juan. En resumen, una catequesis sobre lo
que Jesús significó para los primeros cristianos y lo que debe seguir
significando para nosotros.
Cuatro imágenes
tan distintas de Jesús son demasiada materia para una homilía. Puesto a elegir,
me quedaría con la de modelo en los momentos difíciles de la vida y como puerta
por la que se puede entrar a un lugar seguro y salir en busca de buenos pastos.
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