Tres aguadores y tres tipos de agua
Las
lecturas del domingo 3º hablan de tres personajes famosos (Jacob, Moisés,
Jesús) relacionándolos con el don del agua. En gran parte del mundo, beber un
vaso de agua no plantea problemas: basta abrir el grifo o servirse de una
jarra. Pero quedan todavía muchos millones de personas que viven la tragedia de
la sed y saben el don maravilloso que supone una fuente de agua.
En el evangelio, la samaritana
recuerda que el patriarca Jacob les regaló un pozo espléndido, del que se puede
seguir sacando agua después de tantos siglos. En la primera lectura, Moisés
sacia la sed del pueblo golpeando la roca. De vuelta al evangelio, Jesús
promete un manantial que dura eternamente.
Aparentemente, el mismo problema y
la misma solución. Pero son tres aguas muy distintas: la de Jacob dura siglos,
pero no calma la sed; la de Moisés sacia la sed por poco tiempo, en un momento
concreto; la de Jesús sacia una sed muy distinta, brota de él y se transforma
en fuente dentro de la samaritana. Este milagro es infinitamente superior al de
Moisés: por eso la samaritana, cuando termina de hablar con Jesús, deja el
cántaro en el pozo y marcha al pueblo. Ya no necesita esa agua que es preciso
recoger cada día, Jesús le ha regalado un manantial interior.
Interpretación histórica y comunitaria
Quizá la intención primaria del
relato era explicar cómo se formó la primera comunidad cristiana en Samaria.
Aquella región era despreciada por los judíos, que la consideraban corrompida
por multitud de cultos paganos. De hecho, en el siglo VIII a.C., los asirios
deportaron a numerosos samaritanos y los sustituyeron por cinco pueblos que
introdujeron allí a sus dioses (2 Reyes 17,30-31); serían los cinco maridos que
tuvo anteriormente la samaritana, y el sexto (“el que tienes ahora no es tu
marido”) sería Zeus, introducido más tarde por los griegos. Sin embargo,
mientras los judíos odian y desprecian a los samaritanos, Jesús se presenta en
su región y él mismo funda allí la primera comunidad. Los samaritanos terminan
aceptándolo y le dan un título típico de ellos, que sólo se usa aquí en el
Nuevo Testamento: «el Salvador del mundo». En esa primera comunidad samaritana
se cumple lo que dice Jesús a los discípulos: «uno es el que siembra, otro el
que siega». Él mismo fue el sembrador, y los misioneros posteriores recogieron
el fruto de su actividad. Y en esa labor misionera tendría especial valor la
actividad de aquella mujer que puso en contacto a sus paisanos con la persona
de Jesús.
Interpretación individual
Pero el mensaje de este evangelio no
se limita a esta interpretación. Hay dos detalles que obligan a completar la
lectura comunitaria con una lectura más personal. El primero es la curiosa
referencia al cántaro de la samaritana. Lo ha traído para buscar agua, pero al
final, después de hablar con Jesús, lo deja en el pozo. Jesús le ha dado un
agua distinta, que se ha convertido dentro de ella en un manantial. El segundo
detalle es la relación estrecha entre la promesa de Jesús de dar agua, su
invitación posterior, durante la fiesta en Jerusalén: «el que tenga sed, que
venga a mí y beba» (Juan 7,37-38), y lo que ocurre en el calvario, cuando lo
atraviesan con la lanza y de su costado brota sangre y agua (Juan 19,34). El
tema central no es ahora la fundación de una comunidad, sino la relación
estrecha de cualquier creyente con él. La persona que tiene su sed material
cubierta, aunque sea con el esfuerzo diario de buscarse el agua, pero que
siente una distinta, una insatisfacción que sólo se llena mediante el contacto
directo con Jesús y la fe en él.
Otra agua y otro pan
Un
último detalle sobre la enorme riqueza simbólica de este episodio. La
samaritana se olvida de beber. Jesús se olvida de comer. Aunque los discípulos
le animen a hacerlo, él tiene otro alimento, igual que la mujer tiene otra
agua.
¿Cuál
es esa agua que Jesús ha dado a la samaritana? Releyendo el relato, se advierte
que la mujer va cambiando su imagen de Jesús. Al principio lo considera un
simple judío, que no le merece gran respeto. Luego lo descubre como profeta,
conocedor de cosas ocultas. Más tarde se pregunta si no será el Mesías, alguien
que merece toda su consideración, aunque destruya sus convicciones religiosas
precedentes; alguien que le revela la recta relación con Dios.
En
el Antiguo Testamento se usa a veces la metáfora de la sed y del agua para
expresar el deseo de Dios: «Como suspira la cierva por las corrientes de agua,
así suspira mi alma por ti, Dios mío» (Sal 42). Ese nuevo conocimiento de Dios
y de Jesús es el agua que se ha llevado la samaritana, la que no necesita el
viejo cántaro, que puede quedar olvidado junto al pozo de Jacob.
Tres policías mueren por salvar a un borracho (Romanos 5,1-2.5-8)
Ocurrió en La Coruña en la madrugada
del 27 de enero de 2012, cuando un universitario eslovaco, con más cubatas de
la cuenta, se empeñó en bañarse por la noche en la playa a pesar de que las
condiciones del mar lo desaconsejaban. Cuando se estaba ahogando, tres policías
se lanzaron al agua para salvarlo. Los tres murieron ahogados, igual que el
muchacho. Me indignan estas personas irresponsables que ocasionan la muerte de
gente inocente, mejores que ellos.
Pero este hecho me trae a la memoria
las palabras de Pablo en la segunda lectura: «Por un hombre de bien tal vez se
atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo
nosotros todavía pecadores, murió por nosotros». Nosotros nos parecemos al
universitario borracho; si arriesgamos estúpidamente nuestra vida, nadie debe
perder la suya por salvarnos. Sin embargo, eso es precisamente lo que hizo
Jesús y lo que celebraremos en la próxima fiesta de Pascua. Algo que nunca
podremos agradecer debidamente.