Canción de amor (Isaías)
Hacia el año 735 a.C., un muchacho joven, Isaías, se presenta a los habitantes de Jerusalén y los invita a escuchar una canción de amor. Un amigo suyo, que tenía una viña, realizó toda clase de trabajos para mejorarla. Al final, ilusionado, espera que dé buenas uvas… pero da uvas amargas, agrazones. Indignado, le pregunta al auditorio qué más podía haber hecho por su viña. Y le dice lo que hará: destrozar todo lo hecho anteriormente para que no quede rastro de ella.
La gente está divertida y desconcertada. ¿Quién es el amigo de Isaías? ¿A qué se refiere la viña? Porque está claro que no se trata de una viña, sino de una mujer, que le ha puesto los cuernos. Y la van a tratar como manda la ley, que no es nada suave en estos casos.
Isaías resuelve el enigma. Su amigo es Dios, y la viña son los hombres de Judá y de Jerusalén. Dios les había hecho toda clase de favores y esperaba de ellos bondad y justicia, y lo que encuentra es maldad e injusticia.
Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña.
Mi amigo tenía una viña en fértil collado.
La entrecavó, la descantó, y plantó buenas cepas;
construyó en medio una atalaya y cavó un lagar.
Y esperó que diese uvas, pero dio agrazones.
Pues ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá,
por favor, sed jueces entre mí y mi viña.
¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?
¿Por qué, esperando que diera uvas, dio agrazones?
Pues ahora os diré a vosotros lo que voy a hacer con mi viña:
quitar su valla para que sirva de pasto,
derruir su tapia para que la pisoteen.
La dejaré arrasada:
no la podarán ni la escardarán, crecerán zarzas y cardos;
prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella.
La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel;
son los hombres de Judá su plantel preferido.
Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos;
esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos.
Parábola de muerte y vida (Mateo)
Ocho siglos más tarde, Jesús utilizará la canción de Isaías para ofrecer un mensaje muy distinto. «Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda…» Pero la continuación es muy distinta. La viña es buena, da buenos frutos. El problema radica en los campesinos a los que el propietario ha arrendado la viña. Se niegan a pagar lo debido y maltratan y despiden con las manos vacías a quienes les envían. El propietario, después de varios intentos, decide mandar a su hijo, y a este lo matan para quedarse con la viña.
¿Qué decidirá el propietario? Es el auditorio quien responde: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.»
Pero esto no resuelve el mayor problema: ¿Qué pasa con el hijo, lo más valioso que tiene el propietario? La parábola no desarrolla el tema pero sugiere su muerte y resurrección, su triunfo: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.»
¿Quiénes son los malvados? A diferencia de la canción de Isaías no se trata de todo el pueblo, porque la vida es buena, da sus frutos. Los malvados son los que están al fondo del auditorio escuchando a Jesús: ««Al oír sus parábolas, los sumos sacerdotes y los fariseos se dieron cuenta de que iban por ellos» (v.45, palabra que la liturgia ha suprimido de forma incomprensible, aunque ya nos tiene acostumbrados a operaciones de este tipo).
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
― Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo, diciéndose: "Tendrán respeto a mi hijo. "Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: "Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia." Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»
Le contestaron:
― Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.
Y Jesús les dice:
― ¿No habéis leído nunca en la Escritura: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente"? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»
Tres grandes enseñanzas
1. La canción de la viña de Isaías insiste en una idea que a muchos cristianos todavía les resulta extraña: el amor de Dios se paga con amor al prójimo. Dios ha hecho mucho por los israelitas, pero lo que pide de ellos no es actos de culto sino la práctica de la justicia y el derecho. Jesús dirá que el segundo mandamiento (amar al prójimo) es tan importante como el primero (amar a Dios). Y la 1ª carta de Juan afirma: «Si Dios nos ha amado tanto, también nosotros debemos amar… a nuestros hermanos».
2. Para Jesús, a diferencia de Isaías, el pueblo no es una viña mala e improductiva. Al contrario, da frutos a su tiempo. El mal radica en las autoridades religiosas, que consideran la viña propiedad privada y no reconocen a su auténtico propietario. Sería completamente equivocado utilizar la homilía de este domingo para atacar al público presente, que bastante hace con soportarnos. Quienes debemos sentirnos especialmente interpelados somos los que tenemos una responsabilidad dentro de la comunidad cristiana.
3. La parábola subraya la importancia y triunfo de Jesús. Después de todos los profetas (los criados), él es “el hijo”, lo más valioso que Dios puede mandar. Y aunque las autoridades religiosas lo infravaloren y desprecien, él termina convertido en la piedra angular del nuevo edificio de la Iglesia.
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