Crisis ayer, hoy y siempre
Que la Iglesia actual (al menos en España) está en crisis no lo puede negar nadie. Baja el número de los que se confiesan cristianos, el número de bautismos y matrimonios, la práctica sacramental. Pero las crisis no son una novedad de la Iglesia actual. Se han dado siempre.
Una crisis con cinco interrogantes y siete parábolas: Mateo 13
Mateo refleja en su evangelio las circunstancias de su época, hacia el año 80, cuando los seguidores de Jesús viven en un ambiente hostil. Los rechazan, parece que no tienen futuro, se sienten desconcertados ante sus oponentes, no comprenden por qué muchos judíos no aceptan el mensaje de Jesús, al que ellos reconocen como Mesías. Las cosas no son tan maravillosas como pensaban al principio. ¿Cómo actuar ante todo esto? ¿Qué pensar? Mateo, basándose en el discurso en parábolas de Marcos, pone en boca de Jesús, a través de siete parábolas, las respuestas a cinco preguntas que siguen siendo válidas para nosotros:
¿Por
qué no aceptan todos el mensaje de Jesús? ― Parábola del sembrador.
¿Qué
actitud debemos adoptar con los que rechazan ese mensaje? ― El trigo y la cizaña.
¿Tiene
algún futuro este mensaje aceptado por tan pocas personas? ― El grano de mostaza y la
levadura.
¿Vale
la pena comprometerse con él? ―
El tesoro y la piedra preciosa.
¿Qué ocurrirá a los que aceptan el mensaje, pero no viven de acuerdo con los ideales del Reino? ― La pesca.
Este domingo se lee la primera; el 16, las tres siguientes; el 17, las otras tres.
ADVERTENCIA PREVIA
El fragmento
elegido, bastante largo, consta de tres partes:
1)
Jesús cuenta la parábola del sembrador.
2)
Los discípulos le preguntan por qué habla en parábolas. Jesús responde de forma
enigmática y desconcertante.
3) Explica la parábola del sembrador.
La liturgia “por motivos pastorales”, permite limitarse a leer la primera parte. Que se suprima la segunda me parece lógico, porque es de los pasajes más difíciles del evangelio. Pero carece de sentido suprimir la explicación de la parábola. Sin ella, no se entiende nada.
1) El problema de la siembra y del sembrador
La parábola del sembrador responde al problema de por qué la palabra de Jesús no produce fruto en algunas personas. Parte de una experiencia conocida por un público campesino. Basta recordar dos detalles elementales: Galilea es una región muy montañosa, y en tiempos de Jesús no había tractores. El sembrador se veía enfrentado a una difícil tarea, y sabía de antemano que toda la simiente no daría fruto.
Aquel día, salió Jesús de casa y se
sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a
una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho
rato en parábolas:
― Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.
No recuerdo si esta parábola forma parte de “La vida de Brian”, pero es fácil imaginar la cara de desconcierto de los oyentes y los comentarios irónicos a los que se presta. Ni siquiera los discípulos se enteraron de lo que significaba e inmediatamente le preguntan a Jesús: ¿Por qué les hablas en parábolas?
2) Explicando lo oscuro con algo más oscuro [se puede y debe suprimir]
La pregunta sirve para introducir el pasaje más difícil de todo el capítulo.
― A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: "Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure. ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.
La liturgia permite suprimir la lectura de esta parte y aconsejo seguir su sugerencia, pasando directamente a la explicación de la parábola.
3) El sentido de la parábola [se puede, pero no se debe, suprimir]
Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado en zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.
¿Por
qué la palabra de Jesús no da fruto en todos sus oyentes? Se distinguen cuatro
casos.
1)
En unos, porque esa palabra no les dice nada, no va de acuerdo con sus necesidades
o sus deseos. Para ellos no significa nada la formación de una comunidad de
hombres libres, iguales, hermanos, hijos del mismo Padre.
2)
Otros lo aceptan con alegría, pero les falta coraje y capacidad de aguante para
soportar las persecuciones.
3)
Otros dan más importancia a las necesidades primarias (la comida, el vestido)
que al objetivo a largo plazo (el Reino de Dios). Dos situaciones extremas y
opuestas, el agobio de la vida y la seducción de la riqueza, producen el mismo
efecto: ahogan la palabra de Dios.
4) Finalmente, en otros la semilla da fruto. La parábola es optimista y realista. Optimista, porque gran parte de la semilla se supone que cae en campo bueno. Realista, porque admite diversos grados de producción y de respuesta en la tierra buena: 100, 60, 30. En esto, como en tantas cosas, Jesús es mucho más comprensivo que nosotros, que sólo admitimos como válida la tierra que da el ciento por uno. Incluso el que da treinta es tierra buena (idea que podría aplicarse a todos los niveles: morales, dogmáticos, de compromiso cristiano...).
Toque de atención y acción de gracias
La
parábola podría leerse también como una llamada a la responsabilidad y a estar
vigilantes: incluso la tierra buena que está dando fruto debe recordar qué
cosas dejan estéril la palabra de Dios: el pasotismo, la inconstancia cuando
vienen las dificultades, el agobio de la vida, la seducción de la riqueza.
Pero es más importante dar gracias porque el Señor ha sembrado en nosotros su palabra, la hemos acogido y, aunque solo sea un treinta por ciento, ha dado su fruto.
Invitación a la fe y al optimismo: Isaías 55,10-11 y Salmo 64
La crisis ante la situación actual puede venir en muchos casos de que centramos todo en la acción humana. Cuando nosotros fallamos y, sobre todo, cuando fallan los demás, creemos que todo va mal. Sólo advertimos aspectos negativos. En cambio, la primera lectura, que usa también la metáfora de la semilla y el sembrador, nos anima a tener fe en la acción misteriosa de la palabra de Dios, fecunda como la lluvia, que no dejará de producir fruto.
Así dice el Señor:
«Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.»
Este
breve pasaje parece muy sencillo y teológico, casi al margen de la vida diaria.
Sin embargo, es el punto final de los capítulos 40-55 del libro de Isaías,
donde se anuncia la liberación de Babilonia y la vuelta a la patria. ¿Cómo será
posible? A través de un rey humano, Ciro de Persia, y de la Palabra de Dios,
que mueve la historia.
También
nosotros debemos estar convencidos de que la semilla plantada no dejará de dar
fruto. Será como la palabra del Señor, que «no volverá a mí vacía, sino que
hará mi voluntad».
La
acción de Dios la subraya el salmo, usando también imágenes campesinas. El
Señor no solo planta la semilla, también riega la tierra, iguala los terrones,
envía la llovizna, bendice los brotes. Al final, «los valles se visten de
mieses que aclaman y cantan». El futuro es más esperanzador de lo que a veces
pensamos.
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