Hace cinco días celebrábamos la primera manifestación de Jesús, en Belén, a los paganos. Hoy celebramos la segunda, a todos, en el Jordán, mediante la voz del cielo. Entonces nos decían que Jesús es el rey de los judíos; hoy, Dios Padre nos dice que es su Hijo amado, su predilecto.
El bautismo de Jesús (Mateo 3,13-17)
En el relato de Mateo podemos distinguir tres momentos: el diálogo con Juan, la venida del Espíritu y la voz del cielo.
En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y
se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo,
diciéndole:
-
Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?
Jesús
le contestó:
-
Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto».
Comienza Mateo informando del viaje de Jesús al Jordán para ser bautizado por Juan. Su información no puede ser más escueta. ¿Cómo se enteró Jesús de la actividad del Bautista? ¿En qué momento de su vida? ¿A qué edad? ¿Qué lo impulsó a ir en su busca? El evangelista no dice nada. Ni siquiera advierte al lector del profundo contraste existente entre Jesús y el personaje anunciado poco antes. Juan ha anunciado a uno más fuerte e importante que él, que trae un bautismo con Espíritu Santo y fuego, dispuesto a separar el trigo de la paja, a guardar lo bueno y quemar lo malo. Jesús no hace nada de eso: se pone en la cola de los pecadores, esperando su turno para confesar los pecados y ser bautizado.
El diálogo con Juan es exclusivo del evangelio de
Mateo. Cuando Marcos escribió su evangelio, el hecho de que Jesús fuese
bautizado por Juan no planteaba problemas. Sin embargo, Mateo entrevé en esta
escena un auténtico escándalo para los cristianos: ¿cómo es posible que Jesús
se ponga por debajo de Juan y se someta a un bautismo para el perdón de los
pecados? Para evitar ese posible escándalo, introduce un diálogo entre los dos
protagonistas, poniendo de relieve el motivo que aduce Jesús: «está bien que
cumplamos así todo lo que Dios quiere». Deja claro lo que para él será más
importante a lo largo de su vida: cumplir la voluntad de Dios. Al mismo tiempo,
aprendemos que su actuación será en ocasiones sorprendente, un misterio que
nunca podemos penetrar del todo y que incluso puede provocar escándalo en las
personas mejor intencionadas. Desde la primera escena, Jesús nos está
desconcertando.
Precisamente en el momento de la mayor humillación tiene lugar su mayor exaltación. A diferencia de Marcos, que cuenta el episodio como una experiencia personal de Jesús (solo él ve rasgarse el cielo, bajar al espíritu y solo él oye la voz del cielo), Mateo distingue una experiencia personal (ve rasgarse el cielo y descender al espíritu) y una proclamación pública («Este es mi Hijo amado, mi predilecto»). La filiación divina no es una novedad para Jesús sino para los presentes, para nosotros.
La venida del Espíritu sobre Jesús tiene especial importancia, porque entre algunos rabinos existía la idea de que el Espíritu había dejado de comunicarse después de Esdras (siglo V a.C.). Al venir sobre Jesús se inaugura una etapa nueva en la historia de las relaciones de Dios con la humanidad. Porque ese Espíritu que viene sobre Jesús es el mismo con el que él nos bautizará, según dijo Juan Bautista.
La voz
del cielo. En las
palabras «mi Hijo amado, mi predilecto» resuenan textos muy distintos. Cuando
Dios pide a Abrahán que sacrifique a Isaac lo llama «tu hijo, tu hijo amado»
(Gn 22,2). Cuando un salmista se dirige al rey en nombre de Dios durante la
ceremonia de entronización le dice: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy»
(Sal 2,7). Pero estas palabras, unidas al don del Espíritu, recuerdan sobre
todo a Is 42,1-4, que Mateo aplicará más tarde a Jesús: «Mirad a mi siervo, mi
elegido, mi amado, mi predilecto. Sobre él pondré mi Espíritu» (Mt 12,18-21).
Estas resonancias sugieren ideas muy importantes a propósito de
Jesús. Dios ve su relación con él tan íntima como la de un padre (Abrahán) con
su hijo (Isaac). Su filiación divina tiene también una connotación regia, ya
que Sal 2,7 recoge lo dicho por Dios a David a propósito de Salomón: «Yo seré
para él un padre y él será para mí un hijo» (2 Sm 7,14). Y por ser el amado, el
predilecto, se le encomienda una misión universal, implantar la justicia en las
naciones, pero sin llamar la atención. Sin gritos ni amenazas, sin quebrar la
caña cascada ni apagar el pabilo vacilante, conseguirá «que las naciones
esperen en él» (Is 42,1-4 según traduce Mateo 12,18-21). Con ello, la voz del
cielo anuncia no solo la intimidad de Jesús con Dios y su dignidad regia, también
la misión encomendada y la forma en que la llevará a cabo.
En algún momento, el lector del evangelio podrá sentirse escandalizado por las cosas que hace y dice Jesús, que terminarán costándole la vida, pero debe recordar que no es un blasfemo ni un hereje, sino el hijo de Dios guiado por el Espíritu.
El programa futuro de Jesús (Isaías 42,1-4.6-7)
Así dice el Señor: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.»
Las palabras del cielo no sólo hablan de la dignidad de Jesús, le
trazan también un programa. Es lo que indica la primera lectura de este
domingo, tomada del libro de Isaías (42,1-4.6-7).
El programa indica, ante todo, lo
que no hará: gritar, clamar, vocear, que equivale a amenazar y
condenar; quebrar la caña cascada y apagar el pabilo vacilante, símbolos de
seres peligrosos o débiles, que es preferible eliminar (basta pensar en Leví,
el recaudador de impuestos, la mujer sorprendida en adulterio, la prostituta…).
Dice luego lo que hará:
promover e implantar el derecho, o, dicho de otra forma, abrir los ojos de los
ciegos, sacar a los cautivos de la prisión; estas imágenes se refieren
probablemente a la actividad del rey persa Ciro, del que espera el profeta la
liberación de los pueblos sometidos por Babilonia; aplicadas a Jesús tienen un
sentido distinto, más global y profundo, que incluye la liberación espiritual y
personal.
El programa incluye también cómo se comportará: «no vacilará ni se quebrará». Su misión no será sencilla ni bien acogida por todos. Abundarán las críticas y las condenas, sobre todo por parte de las autoridades religiosas judías (escribas, fariseos, sumos sacerdotes). Pero en todo momento se mantendrá firme, hasta la muerte.
Misión cumplida: pasó haciendo el bien (Hechos 10,34-38)
La segunda lectura, de los Hechos de los Apóstoles, Pedro, dirigiéndose al centurión Cornelio y a su familia, resumen en estas pocas palabras la actividad de Jesús: «Pasó haciendo el bien». Un buen ejemplo para vivir nuestro bautismo.
En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
«Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la
justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas,
anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que
sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la
cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la
fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos
por el diablo, porque Dios estaba con él.»
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